domingo, 4 de diciembre de 2011

AVENTURAS DE UN BOHEMIO ARREPENTIDO



José M. Gil temía tanto ver llegar al cartero que siempre que éste enfilaba el empedrado caminito de tierra de su entrada se ponía enfermo. No podía evitarlo. Empezaba a roncharse y a respirar mal, además su tensión arterial se disparaba peligrosamente. Aunque no era para menos, quizás porque sabía que su llegada siempre anunciaba noticias de su vástago...


Pedro, su retoño, jamás le había dado quebraderos de cabeza hasta el momento en que, por casualidad, encontró las libretas perdidas de su abuelo, única herencia del pobre hombre. En ellas el chico había descubierto una nueva y singular palabra: bohemia. Don Gustavo Gil, su abuelo, había sido todo un erudito en su tiempo, un pensador, un literato, un artista. En aquellas ajadas libretas había plasmado miles de ideas que de nuevo empezaron a bullir, esta vez en la calenturienta cabecita de su nieto Pedro, quien imaginó que podría emular a su abuelo, buscar ese mundo del que hablaba, errar por ahí, sin ajustarse a nada, sólo para alcanzar aquella utopía escrita en el papel. Libertad, revolución, justicia...


Abanderado en aquellos ideales tomó manta y carretera, y desapareció del confortable calor de su hogar. Su incansable búsqueda se prolongaría durante tres años. París, Viena, Bruselas, Ámsterdam, Londres, Oslo... José M. Gil estaba informado de las peripecias de su hijo por sus cartas y postales, que siempre llegaban puntuales y en abundancia. Cuando el orgulloso padre pensaba en su hijo siempre se lo imaginaba en alguna tertulia interesante en un café o creando arte en la oscura habitación de alguna pensión, como todo un bohemio.


Estocolmo, Praga, Mónaco, Ibiza...Entonces las cartas empezaron a llegar desde un mismo sitio, todas adornadas con cierto tono desesperado. Y José M. Gil consideró que como cualquier padre era su deber ayudar a un hijo si éste lo necesitaba. Y lo necesitaba urgentemente. Al primer giro de dinero siguieron otros, siempre por las mismas causas. Hasta que el incauto padre se preguntó a sí mismo como lo habría hecho su hijito para sobrevivir durante aquellos cuatro meses en que había estado vagabundeando por Europa. Estaba claro que Pedro Gil no tenía conocimientos en gran cosa, jamás había trabajo y aunque era inteligente no tenía la capacidad poética propia de los Gil, así que no podía figurárselo aferrado a una pluma, pero tampoco a un pincel. Eso sí, muy de vez en cuando recibía un paquete desde Ibiza. En su interior siempre había algo hecho en arcilla: un florero, un cenicero, un intento de sujetapapeles. "Estoy subvencionando al peor artista del mundo", protestaba José M. Gil, cada vez más nervioso de la situación. "Quizá deba cambiarme el apellido, quizá deba llamarme, de ahora en adelante, José M. Gili".


Libertad, libertad, y que otro pague la cuenta. Ese era el ideal bohemio de su hijo. El mismo que aparecía en las fotos con aspecto de hippie destartalado, tocando los bongos junto a una mulata escultural en una cala muy bonita con luz de atardecer. Ese parecía estarse pegando la vida padre a su costa, valga la redundancia.


-¡Qué, Don Gil!, ¿otra vez le ha escrito su hijo?- decía el cartero con cierto tono de chascarrillo.


José M. Gil aceptaba la carta con cara de circunstancias, cerrando la puerta con un pie. "Debe ser para lo de siempre, como si lo viera", pensó. Sin grandes aspavientos abrió el sobre y leyó el folio de papel reciclado doblado por la mitad. Al principio no dio crédito a lo que leía, creyó que era San Inocente o San Imposible, luego tomó aliento, se restregó los ojos y vocalizó en voz alta lo que estaba leyendo...


"Vuelvo a casa papá. Ya no quiero ser bohemio, creo que esta vida no está hecha para mí".


José M. Gil no pudo entenderlo de ninguna manera. Aunque él no había necesitado tres años para darse cuenta de aquello: Pedro Gil sólo había sido bohemio de titulo, pero no de corazón.


Autora: Ana Belén González Herrera


Fotografía: Aarón Moreno Borges

Modelo: Góel

2 comentarios:

Ana dijo...

Gracias Aarón por publicar mi relato, la foto que lo ilustra queda genial, muy divertida, y el modelo es ¡un bohemio!, jaja.
Abrazos
:D

Aarón dijo...

A ti Ana por autorizar, en su momento, el relato. Me alegra que te haya agradado la foto, y que esté vinculada a tu idea.
Un abrazo compañera.
Se agradece tu comentario.
Hasta pronto.