
Fuente de información: El país semanal- http://www.elpais.com/
Reportaje: RAMÓN LOBO 07/09/2008
Fotos: JUAN CARLOS TOMASI - 05-09-2008
Unos 200 millones de familias malviven con un presupuesto raquítico: un dólar diario. La crisis alimentaria les ha hecho aún más pobres. Es la especulación del hambre. Viajamos a Etiopía.
La familia de Abiyu Yasin no sabe dónde está Chicago. Ni que en esa ciudad estadounidense se halla la sede del mercado que regula los precios mundiales del grano y otros alimentos de primera necesidad. Tampoco sabe que la soja subió más del 90% en un año, que el trigo se encareció un 130% y que hay problemas graves con el arroz, la dieta básica de 3.000 millones de seres humanos. La geografía vital de los Yasin carece de matices, su mundo es la pobreza extrema y el hambre. Sobreviven en Oromia, una región aislada del centro de Etiopía que depende de la lluvia y la suerte y en la que los grandes comerciantes locales están amasando fortunas a costa de la desgracia ajena. Lo llaman libre mercado.Hay países, Nigeria y Guinea Ecuatorial entre otros, para los que su principal fuente de riqueza es el petróleo; otros, como Kenia, atraen turistas deseosos de aventura. En Etiopía, el negocio es la pobreza, esos dos millones de dependientes crónicos que en una crisis se duplican o triplican. Toda la ayuda humanitaria que entra en el país está sujeta al pago de impuestos. A veces se abona en especies, granos que emergen después en los mercados pese a los sellos de prohibida su venta estampados en el lomo de las sacas; otras se cobra en divisas: cientos de millones de euros que no han modificado sustancialmente las condiciones de vida de personas condenadas a la subsistencia porque se perdieron por los desagües de la corrupción.
A un occidental que estira cada mañana el brazo y gira levemente la muñeca para obtener abundante agua caliente bajo la ducha le puede resultar difícil comprender las estadísticas de la miseria, que 1.100 millones de personas del Tercer Mundo no tienen acceso a agua potable o que una familia de Oromia como los Yasin debe caminar tres o más horas para llenar sus bidones de un líquido pardo, denso e insalubre con el que se lavan, beben y cocinan; apenas cinco litros diarios por persona, los mismos que se gastan en Occidente cuando alguien tira de la cadena del retrete.
Josette Sheeran, directora general del Plan Alimentario Mundial (PAM), organización de Naciones Unidas dedicada a combatir el hambre, trató de poner rostro a la escalada de los precios de los alimentos en los mercados internacionales. Explicó en la revista británica The Economist que una familia que dispone de dos dólares al día (el caso de 1.500 millones de personas) deberá sacar a sus hijos de la escuela para hacer frente al incremento del gasto; que los que viven con un dólar (1.000 millones) deberán recortar su alimentación a una única comida diaria, y que los que malviven con 50 céntimos (100 millones) están en grave riesgo: son los que morirán si no se actúa con urgencia y eficacia, pues el PAM y otras organizaciones similares son también víctimas de la subida: igual presupuesto, menos cantidad de alimentos, menos raciones y beneficiarios.
En el mapa de la pobreza crónica (que en África recorre una franja que abarca Malí, Burkina Faso, Níger, Chad, Sudán, Etiopía, Eritrea y Somalia) es difícil establecer la división entre los que viven con dos dólares, un dólar y 50 céntimos. No es sencillo determinar el grado exacto de miseria en un mundo de penuria, desgracia y muerte. La zanja es otra: los que se enriquecen y los que sufren.
Fotos: JUAN CARLOS TOMASI - 05-09-2008
Unos 200 millones de familias malviven con un presupuesto raquítico: un dólar diario. La crisis alimentaria les ha hecho aún más pobres. Es la especulación del hambre. Viajamos a Etiopía.
La familia de Abiyu Yasin no sabe dónde está Chicago. Ni que en esa ciudad estadounidense se halla la sede del mercado que regula los precios mundiales del grano y otros alimentos de primera necesidad. Tampoco sabe que la soja subió más del 90% en un año, que el trigo se encareció un 130% y que hay problemas graves con el arroz, la dieta básica de 3.000 millones de seres humanos. La geografía vital de los Yasin carece de matices, su mundo es la pobreza extrema y el hambre. Sobreviven en Oromia, una región aislada del centro de Etiopía que depende de la lluvia y la suerte y en la que los grandes comerciantes locales están amasando fortunas a costa de la desgracia ajena. Lo llaman libre mercado.Hay países, Nigeria y Guinea Ecuatorial entre otros, para los que su principal fuente de riqueza es el petróleo; otros, como Kenia, atraen turistas deseosos de aventura. En Etiopía, el negocio es la pobreza, esos dos millones de dependientes crónicos que en una crisis se duplican o triplican. Toda la ayuda humanitaria que entra en el país está sujeta al pago de impuestos. A veces se abona en especies, granos que emergen después en los mercados pese a los sellos de prohibida su venta estampados en el lomo de las sacas; otras se cobra en divisas: cientos de millones de euros que no han modificado sustancialmente las condiciones de vida de personas condenadas a la subsistencia porque se perdieron por los desagües de la corrupción.
A un occidental que estira cada mañana el brazo y gira levemente la muñeca para obtener abundante agua caliente bajo la ducha le puede resultar difícil comprender las estadísticas de la miseria, que 1.100 millones de personas del Tercer Mundo no tienen acceso a agua potable o que una familia de Oromia como los Yasin debe caminar tres o más horas para llenar sus bidones de un líquido pardo, denso e insalubre con el que se lavan, beben y cocinan; apenas cinco litros diarios por persona, los mismos que se gastan en Occidente cuando alguien tira de la cadena del retrete.
Josette Sheeran, directora general del Plan Alimentario Mundial (PAM), organización de Naciones Unidas dedicada a combatir el hambre, trató de poner rostro a la escalada de los precios de los alimentos en los mercados internacionales. Explicó en la revista británica The Economist que una familia que dispone de dos dólares al día (el caso de 1.500 millones de personas) deberá sacar a sus hijos de la escuela para hacer frente al incremento del gasto; que los que viven con un dólar (1.000 millones) deberán recortar su alimentación a una única comida diaria, y que los que malviven con 50 céntimos (100 millones) están en grave riesgo: son los que morirán si no se actúa con urgencia y eficacia, pues el PAM y otras organizaciones similares son también víctimas de la subida: igual presupuesto, menos cantidad de alimentos, menos raciones y beneficiarios.
En el mapa de la pobreza crónica (que en África recorre una franja que abarca Malí, Burkina Faso, Níger, Chad, Sudán, Etiopía, Eritrea y Somalia) es difícil establecer la división entre los que viven con dos dólares, un dólar y 50 céntimos. No es sencillo determinar el grado exacto de miseria en un mundo de penuria, desgracia y muerte. La zanja es otra: los que se enriquecen y los que sufren.
Este reportaje continua../entrar al link
1 comentario:
HOLA ADRIANA, ESPERO QUE TE ENCUENTRES BIEN, YO ANDO SUPERLIADA CON LAS CLASES Y PARA COLMO ME HE AGARRADO UN RESFRIADO DE CAMPEONATO. A VER CUANDO BUSCAMOS UN HUECO PARA VERNOS. UN BESO GRANDE.
Publicar un comentario